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Datos, privacidad e implicaciones geopolíticas

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Ángel Gómez de Ágreda

Ángel Gómez de Ágreda

Doctor en Ingeniería por la UPM

Autor de “Mundo Orwell” y de “Un mundo falaz”

La protección de los datos personales rebasa con mucho el ámbito de lo propiamente privado. Es preciso contemplar sus efectos también desde una escala mucho mayor, a nivel geopolítico. La ubicuidad de sensores, su corporeidad y la capacidad para generar patrones de grandes cantidades de datos en tiempo útil son herramientas que afectan al ejercicio de la libertad colectiva de los pueblos, y no solo a la particular de cada uno de los ciudadanos. En este sentido, la responsabilidad en la preservación de la privacidad y en la prevención del uso de datos para la generación nociva de perfiles alcanza por igual a personas e instituciones.

Todas las señales apuntan a que estamos entrando en un cambio de época. La combinación de las crisis creadas por la pandemia de coronavirus y por la invasión rusa de Ucrania ha servido para despertar en Occidente una conciencia de vulnerabilidad frente a la falta de control directo sobre infraestructuras, servicios y bienes críticos. Los datos forman parte de lleno de esta consideración de criticidad. La exposición impúdica de estos o su insuficiente protección frente a la rapacidad de corporaciones o Estados terceros genera vulnerabilidades que ya llevan un tiempo siendo explotadas, y que se consolidan y normalizan con el paso del tiempo.

Algunos países llevan tiempo restringiendo o dificultando tanto la égida de datos como la explotación de su tratamiento en operaciones de influencia sobre su población. Por desgracia, esta conciencia del potencial utilitarista de la explotación de la información personal suele conjugar la adopción de medidas para, por un lado, mitigar su empleo por parte de los adversarios y, por otro, para fomentar su uso por parte de las autoridades nacionales. Dicho de otro modo, se combate el extractivismo ajeno y se explota domésticamente para incrementar el control de las personas en cuanto población, en su papel de consumidores o, más frecuentemente, en una combinación de ambos. La competición geopolítica entre grandes potencias y las confrontaciones bélicas aceleran estas tendencias y las justifican bajo el paraguas de la seguridad nacional.

Hemos disfrutado de un plazo más que generoso para asumir casos como el de Cambridge Analytica, pero parece que lo hayamos empleado más en caer en la complacencia o en el fatalismo que en adoptar medidas eficaces al respecto. Muy al contrario, se siguen desarrollando aplicaciones y metodologías para explotar de nuevas formas estos repositorios de donación de órganos digitales en que se han convertido las redes sociales. El servicio que proporciona, por ejemplo, Clearview está basado en algoritmos de reconocimiento facial alimentados por una base de datos extraída de plataformas como Facebook -o su equivalente ruso VKontakte- sin conocimiento ni consentimiento alguno. El hecho de que sea empleado asiduamente por fuerzas y cuerpos de seguridad de muchos países o por las fuerzas armadas -entre otras, las ucranianas- supone una legitimización, un reconocimiento de su utilidad y, siendo externalizado, de su dudosa adscripción a los principios éticos o legales propios de estas instituciones.

En China, Corea del Sur y Japón surgieron ya a principios de la década de 2010 servicios de mensajería como WeChat, KakaoTalk o Line. En los dos primeros casos, el siguiente paso fue el establecimiento de una política de restricción de los servicios que proporcionaba la aplicación de Meta, WhatsApp. Los canales de audio y algunas otras funciones de esta mensajería están también seriamente limitados en otros países de, por ejemplo, Oriente Medio. Algo similar está ocurriendo en Rusia desde este verano con la puesta en funcionamiento de su aplicación Max y con la obligatoriedad de registrar todos los teléfonos móviles del país. La nacionalización de los datos se ve como una forma de evitar el colonialismo digital y como una útil herramienta de influencia sobre los propios ciudadanos.

El acceso a los datos íntimos de las personas tiene un alcance sin precedentes basado en el exhibicionismo impúdico de los particulares en las redes (esa “sociedad del espectáculo” de la que habla Guy Debord) y a las filtraciones masivas que se producen en los repositorios de grandes empresas tras ataques informáticos diseñados con este propósito. La normativa al respecto en muchos países tiende a ser insuficiente o a no aplicarse de forma estricta. En algunos casos, su protección es selectiva en función de la nacionalidad o de características concretas del individuo. La falta de concienciación ciudadana repercute negativamente en la exposición de los datos y en la presión para mejorar el sistema en su conjunto.

A este caladero infinito de datos se añade una capacidad creciente para su procesado y para su clasificación. Esa combinación consigue, por primera vez, conjugar tres mecanismos: el conocimiento exhaustivo de cada individuo, su cosificación como parte de un colectivo homogéneo para cada uno de sus rasgos y la elaboración de narrativas personalizadas o grupales para hacer derivar sus emociones en una dirección determinada. Al fin y al cabo, el desarrollo de los sistemas de inteligencia artificial se ha llevado a cabo sobre la premisa de imitar el funcionamiento individual y social de la mente humana; para avanzar en la tecnología se ha hecho preciso conocer previamente el objeto a remedar.

Nos estamos adentrando en una fase de nacionalismos en que lo multilateral se percibe como una vulnerabilidad más que como una oportunidad y en que lo global se afronta desde lo transaccional y no como cooperación o integración. En este marco, la progresiva balcanización de Internet se traslada aceleradamente al ámbito de los datos como insumo estratégico de poder blando. También parece que avanzamos hacia una sociedad con mayores desigualdades y con tendencias más autoritarias en que la separación de poderes de Montesquieu se adentra en un brumario otoñal. También se diluye la frontera entre lo público y lo privado. La concupiscencia de la política y la de la tecnología resultan altamente complementarias y dañinas para las libertades individuales. Solo desde la sociedad civil, desde la educación cívica y digital, y desde el esfuerzo ciudadano se podrán preservar los valores que hacen de Europa lo que es.

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